Fragmento tomado del libro El portal cósmico de Orión (nueva edición 2026, Tesseractum Editorial), de Ricardo González Corpancho.
Pero ¿quién fue realmente Moisés y por qué numerosos historiadores ponen en duda su existencia histórica? Este asunto merece algunas líneas.
Según la tradición bíblica, Moisés fue el gran líder y legislador del pueblo hebreo, elegido por Dios para liberar a Israel de la esclavitud en Egipto. El episodio clave de su misión se sitúa en el Monte Sinaí, donde habría tenido un contacto directo con la “divinidad”: primero a través de la zarza ardiente y luego durante su ascenso a la montaña, recibiendo la Ley o los Diez Mandamientos. En este relato, el Sinaí aparece como un lugar de revelación, un punto de encuentro entre lo humano y lo trascendente, descrito mediante fuego, nubes, truenos y una presencia que no podía ser vista directamente…
Desde el punto de vista histórico, sin embargo, la figura de Moisés presenta serias dificultades. No existen referencias directas a él en las fuentes egipcias conocidas, ni evidencias arqueológicas concluyentes del Éxodo tal como lo describe la Biblia. Por esta razón, muchos historiadores consideran que Moisés podría ser una figura compuesta, resultado de la convergencia de distintos líderes, tradiciones orales y memorias colectivas del pueblo hebreo, fijadas por escrito siglos después de los hechos narrados.
Otros investigadores no descartan por completo su existencia, pero sostienen que el relato bíblico fue “teologizado” y “amplificado”, transformando a un posible líder histórico en un profeta de dimensiones cósmicas. ¿Mi opinión? Estoy convencido de la existencia de ese Moisés. Tuve una experiencia personal al respecto en el Sinaí: una visión en la que me quedó claro que aquel personaje fue un “contactado” en toda regla, un iniciado que accedió a un secreto de “ellos”. Ahora bien, más allá de la discusión sobre la historicidad estricta, no hay duda alguna de que el Sinaí responde a un patrón recurrente en las tradiciones antiguas: la montaña como punto de contacto entre otros mundos…

En numerosas culturas, las montañas fueron concebidas como ejes de comunicación entre la Tierra y el cielo. Su altura, aislamiento y carácter inhóspito las convertían en espacios propicios para la revelación, el retiro y la experiencia extraordinaria. En el relato bíblico, el Sinaí no es un simple escenario, sino un umbral: Moisés asciende solo, entra en una zona vedada al resto del pueblo y allí experimenta una manifestación directa de lo sobrenatural.
Este esquema no es exclusivo del mundo hebreo. El patrón se repite en Egipto, donde ciertas estructuras ―pirámides, templos y montañas simbólicas― funcionaban como puertas al Duat y a la región estelar de Orión; en los Andes, donde los apus eran considerados entidades vivas; y en muchas otras tradiciones en las que el contacto con lo sagrado ocurre lejos de los centros urbanos, en lugares elevados y cargados de poder.
Dicho todo esto, me atrevo a afirmar que, además de su dimensión simbólica y espiritual, algunos puntos de la Tierra habrían cumplido una función operativa concreta: la de lugares de descenso o aterrizaje de los “dioses”. No en vano, durante nuestras experiencias de contacto se nos informó que el Sinaí era otro Hermón, un sitio con características similares de acceso, tránsito y presencia…
Y aquí no puedo dejar de mencionar el misterio del Arca de la Alianza, sin duda uno de los objetos más extraordinarios y reiteradamente citados en la Biblia, construido ―según el relato― a partir de las indicaciones recibidas por Moisés de parte de “Dios”.
¿Cuál era su verdadera función? De acuerdo con los textos, el Arca manifestaba un poder capaz de provocar descargas mortales, derribar murallas ―como en el episodio de Jericó―, generar temor físico inmediato en quienes la tocaban sin la debida autorización y producir fenómenos asociados a fuego, luz y a una presencia invisible claramente percibida por los testigos. Se describe además como un dispositivo estrictamente aislado, transportado mediante varas y protegido por rituales precisos, lo que ha llevado a algunos investigadores a señalar paralelismos con un objeto que manejaba energías desconocidas o peligrosas. El Arca también funcionaba como medio de comunicación, ya que desde ella Yahvé transmitía instrucciones a Moisés, reforzando su carácter de “interfaz entre planos”…

Estas características ―letalidad, emisión energética, severas restricciones de acceso y función revelatoria― explican por qué el Arca ha sido interpretada no solo como un símbolo religioso, sino como un artefacto excepcional, cuyo comportamiento parece exceder el marco de lo puramente ritual.
Según la información recibida durante las experiencias de contacto, el Arca existió realmente y se encontraría actualmente oculta bajo el macizo del Horeb, en el Sinaí. Esta afirmación no coincide con las hipótesis más difundidas en el ámbito académico ―que sitúan su posible destino en Aksum, Etiopía, en el Monte del Templo de Jerusalén o en el Monte Nebo, en Jordania―, pero introduce una variante significativa: el Arca habría sido devuelta al lugar original donde se recibieron las instrucciones para su construcción…
Siempre de acuerdo con estos mensajes, en su interior se conservaría un conocimiento reservado, estrechamente vinculado con la misión de Jesús y con acontecimientos aún no revelados de la historia humana. En este mismo marco, los mensajes sostienen que la figura de Yahvé no correspondería a una entidad única, sino a la intervención sucesiva de distintos grupos de seres no humanos, cuyas acciones habrían respondido a agendas diferenciadas a lo largo del tiempo…