Fragmento de El portal cósmico de Orión, de Ricardo González Corpancho (Tesseractum Editorial, nueva edición, 2026).
¿Y si, más allá de mis intentos racionales por explicar la experiencia vivida en la Gran Pirámide ―que contemplan la posibilidad de haber accedido a un estado acrecentado de consciencia en la Cámara del Rey, capaz de haber detonado aquellas “visiones cósmicas”―, realmente hubiese “viajado”, aunque no de forma física, hacia otros mundos o planos de realidad?
Esta hipótesis, remota y teñida de pensamiento mágico para el lector escéptico, es, paradójicamente, la que más me inquieta. No la descarto, no por convicción dogmática, sino por la intensidad y coherencia de las vivencias experimentadas y por lo que aquellas consciencias o seres ―según su propio testimonio― me indicaron: que, de algún modo, “estaba allí”.
Cabe entonces preguntarse qué pensaban los antiguos egipcios acerca de la vida humana y de la existencia más allá de la muerte. Como ya vimos, su cosmovisión no se limitaba a la supervivencia del cuerpo ni a la idea de un alma única y abstracta. Para el Antiguo Egipto, el ser humano era una estructura compleja, compuesta por múltiples principios interrelacionados. El individuo no era solo una maravilla biológica finita y temporal, sino una arquitectura de componentes físicos, energéticos y conscientes.
Esta concepción del ser humano ―elaborada a lo largo de milenios― resulta sorprendentemente sofisticada incluso desde una mirada contemporánea.
Las fuentes egiptológicas modernas no siempre coinciden en el número exacto de componentes que integraban al ser humano. Algunas enumeran seis, otras siete, y otras nueve. Esta aparente contradicción no responde a un error, sino a distintos niveles de análisis. Los egipcios nunca redactaron una “lista oficial” cerrada. Los componentes aparecen descritos de manera fragmentaria en los Textos de las Pirámides, los Textos de los Sarcófagos y el llamado Libro de los Muertos. Dependiendo del período histórico y del énfasis del texto, ciertos principios se integran o se diferencian.
Las versiones que hablan de seis componentes suelen referirse al núcleo esencial del ser. Las que mencionan nueve amplían la mirada, distinguiendo funciones, estados y manifestaciones del mismo proceso de transformación espiritual.
Lo que sigue es la descripción completa de los nueve componentes, aclarando sus relaciones internas.

Los nueve componentes
1. Dyet o Khat — el cuerpo físico.
El Khat es el cuerpo material, el soporte biológico del individuo. Para los egipcios no era algo despreciable ni secundario: su preservación mediante la momificación era fundamental, ya que permitía que otros componentes ―especialmente el Ka― mantuvieran un punto de anclaje en el mundo material. Sin Khat, el proceso de continuidad del ser se veía gravemente comprometido.
2. Sheut — la sombra.
La sombra era una manifestación sutil e inseparable del ser. Acompañaba al individuo en vida y después de la muerte. No era negativa ni siniestra, sino una expresión de presencia.
3. Ren — el nombre.
El Ren era el nombre verdadero del individuo. Mientras el nombre fuese pronunciado y recordado, el ser continuaba existiendo. Borrar el nombre de una persona equivalía a destruirla ontológicamente. En Egipto, recordar era existir.
4. Ib — el corazón.
Para los egipcios, el corazón era el centro de la memoria, la voluntad y la ética. No era el cerebro el órgano del pensamiento, sino el Ib. En el Juicio de Osiris, era el corazón el que se pesaba frente a la pluma de Maat, pues allí residía la historia moral completa del individuo. El Ib recordaba todo.
5. Sahu — el cuerpo espiritual.
El Sahu era el cuerpo espiritual refinado, resultado de la correcta transfiguración del ser tras la muerte. No todos los individuos alcanzaban este estado. En muchas tradiciones, el Sahu es entendido como la manifestación formal del Akh.
6. Sejem o Sekhem — el poder y la voluntad divina.
El Sekhem representaba la capacidad de ejercer influencia, autoridad y acción, tanto en el mundo material como en otros planos. Era una forma de poder espiritual que algunos textos integran al Ka, mientras que otros lo distinguen como un principio independiente.
7. Ka — la fuerza vital.
El Ka era la energía vital individual recibida al nacer. Animaba al cuerpo durante la vida y, tras la muerte, continuaba existiendo. Por esta razón, el Ka necesitaba alimento, ofrendas y un lugar reconocible ―la tumba― donde residir. No es un “alma”, sino una fuerza energética personalizada.
8. Ba — la identidad consciente.
El Ba representaba la personalidad, el carácter, la consciencia individual. Era aquello que hacía único a cada ser humano. Tras la muerte, el Ba podía desplazarse entre planos y mundos, pero debía reunirse periódicamente con el Ka para garantizar la continuidad del individuo. Iconográficamente se lo representaba como un ave con cabeza humana.
9. Akh — el ser luminoso.
El Akh era el objetivo final del proceso: el ser transfigurado, eficaz, consciente y luminoso, capaz de habitar el orden cósmico. El Akh surgía de la integración exitosa del Ka y el Ba, sostenido por el recuerdo (Ren), la pureza del corazón (Ib) y el equilibrio con Maat. El egipcio no aspiraba simplemente a “vivir después de la muerte”, sino a convertirse en Akh.
Si mi viaje a esos lejanos mundos de Orión fue real, cabe preguntarse entonces si, de algún modo, abandoné la Gran Pirámide a través de uno de esos “componentes sutiles” descritos por la antigua religión egipcia…
No lo puedo afirmar.
Pero tampoco puedo descartarlo…

El autor ante el relieve conocido como “Las Siete Puertas de Osiris”, en el complejo de Karnak, Egipto. Un símbolo del tránsito del ser a través de distintos niveles de consciencia en la cosmovisión egipcia.